Elsa Pilato

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Hoy tampoco lloverá

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sequíaQuería esperar a que cayeran las ramas humeantes del árbol, pero decidió irse. Pronto sería el momento, mejor evitar problemas, ya había gastado mucho tiempo mirando el fuego propagarse por el monte cobrizo.

El árbol fue el primero en arder. Le pareció que el tronco, con su último aliento, le daba la bienvenida a las llamas, se doblegaba sin lucha, vencido en su posición libre de trincheras.

Mientras el fuego avanzaba hacia lo que antes fue la copa, lo miró como otras tantas veces lo había hecho al caminar por la orilla de la carretera: como el despojo de una época de claros y verdes, palabras y ruidos. Suspiró al verlo ansioso por al fin terminar con la agonía de la sequedad, por despedir cualquier posibilidad de reverdecer.

Antes de marcharse desplegó las palmas hacia arriba, empujó el recuerdo que asomaba en su memoria: la abuela lo llamaba, en ese entonces por su nombre -nadie en aquellos tiempos, cuando todavía llovía, lo conocía como Toque-de-queda-, le pedía ayuda para tender la ropa. Era una tarea simple para un niño, pasarle los ganchos mientras ella aguantaba las piezas en la cuerda. Aunque no hubiera nubes a la vista, antes de ejecutar la labor la abuela siempre colocaba las manos en dirección al cielo para comprobar que no llovía. En una ocasión le preguntó por qué lo hacía.

– ¿No ves? No está lloviendo.

– Nunca se sabe.

– Nunca se sabe… – murmuró. Abrió la bolsa negra que llevaba consigo y acarició la caja forrada con papel periódico que guardaba en el fondo, debajo de otros objetos.

Caminó por la orilla de la carretera, solo por costumbre. Con la hora tan cercana, hubiera podido hacerlo por el medio de la vía sin correr ningún peligro. Ya todos los habitantes estarían en sus casas, también los vigilantes en casetas y torres, esperando.

Cuando sonó el timbre del reloj, apuró el paso, quedaba poco tiempo y todavía tenía que andar un par de kilómetros hasta la entrada del pueblo. Le molestó recobrar de pronto conciencia de las sensaciones rutinarias: pies calientes, medias adheridas a la piel, gotas de sudor bajando por la espalda.

Deseó correr para liberarse del hastío de la certidumbre: lo que seguiría era igual a hoy y a lo anterior, horas y días encadenados de penumbras y silencios, salpicados de algunas palabras imprescindibles para sobrellevar la vida.

Su deseo quedó en suspenso cuando la bolsa crepitó al pasar una ráfaga de viento. Se agachó para esquivar un remolino de cenizas, entonces divisó la estela centelleante de la motocicleta. La esperó. Los dos guardianes se apearon.

– Toque-de-queda, como siempre vagando antes de la alarma. Hoy estás muy lejos, ¿qué tal si no logras entrar en el último segundo?

– ¿Vieron hasta dónde llega el fuego? – les preguntó con una voz que, sin proponérselo, le salió igual que en un día pasado, cuando el fuego era novedad y todavía importaba que arruinara las alfombras verdes que cubrían los cerros.

Las carcajadas de los tipos lo rociaron de saliva pintada de tabaco, retrocedió unos pasos, apretó el asa de la bolsa y empezó a correr. El asfalto desnivelado por el desgaste provocó que cayera apenas unos metros después de su huida. Inmóvil esperó en el suelo a que lo rodearan con la motocicleta. La sal del sudor que se desprendía en cascadas desde su cráneo, hacía que parpadeara repetidas veces, pero contuvo la tentación del movimiento, mejor adivinar la escena con los ojos entrecerrados que darles más motivos para usar sus porras.

Liberó la bolsa de su mano. Uno de los hombres fue vaciando el contenido, separando los objetos: esto sí, esto no, como si estuviera completando un álbum de cromos. Al llegar a la caja, levantó la vista hacia el otro, la balanceó entre sus manos, tanteando el peso, rasgó el papel periódico dejando un reguero de frases desmembradas en el piso. Apenas la abrió, sus cejas se levantaron y con la fuerza de un lanzador de jabalina la arrojó hacia el monte chamuscado.

– ¿Qué fue eso?

– Este está loco de remate – contestó señalando a Toque-de-queda, aún quieto. – Vámonos.

Apenas arrancaron, Toque-de-queda corrió a rescatar la caja, y sin parar siguió corriendo hacia el pueblo, hacia su casa. La brisa tibia entre su camisa lo alivió del susto que sentía por la posibilidad de perder la caja.

Llegó al callejón unos minutos después de la alarma, ya se había quedado a oscuras, las ventanas estaban cerradas y las cortinas bajadas. Hoy los vecinos no lo habían esperado para cerrarlas a su paso que puntual coincidía con el sonido de la alarma y el corte de energía. Estarían preparándose para cenar a la luz de una vela que apagarían pronto, sin quejarse ni hacer planes.

Esperaba que el pequeño retraso, uno de los pocos en su récord, no acabara con la fama con la que se había ganado su apodo. Era lo único que lo distinguía del resto. Todos los días llegaba al filo del toque de queda, siempre a salvo de los vigilantes que pasado un tiempo largo sin poder cazarlo durante la hora prohibida, habían dejado de intentarlo y de apostar quién lo atraparía.

Los ojos del gato sentado en el techo lo guiaron hasta la puerta de su casa. Adentro en medio de la oscuridad observó la figura de su abuela en la mecedora frente al televisor apagado.

– Te traje un regalo, abuela. – Le acercó la caja destapada.

La anciana encendió la vela. Advirtió una pizca de brillo en sus ojos.

– ¿Un paraguas? ¿Para qué si hoy tampoco lloverá?

– Nunca se sabe…

Written by Elsa Pilato

abril 1, 2016 at 12:08 pm

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El trapo

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La Escuela de Escritores convocó el I Concurso de Minificción, dirigido en especial a los egresados de los talleres. Participé con el cuento El trapo y el jurado me otorgó una mención de honor.

Aquí pueden ver el veredicto del jurado y leer el cuento ganador y los dos finalistas.

Y mi cuento es este…

No podía distinguir las letras escritas en el torso desnudo del hombre que trepaba la alambrada. La silueta subió los hilos metálicos como un mono que ha repetido miles de veces el ejercicio de ir por la banana de la cima, y descendió del otro lado con la misma excitación del animal con su premio.

El partido había comenzado y entre el ruido de los cohetes, los cánticos y la danza de papelitos, pocos advirtieron cuando el cuerpo semidesnudo corrió por la pista olímpica y llegó hasta la curva donde colgaban los trapos de la barra rival. Desde la tribuna, lo vio caminar de un lado a otro sin quitarle la vista a la hilera de telas, y detenerse frente al trapo con el prócer dibujado.

La duda del tipo del torso desnudo lo hizo rememorar una escena de dos semanas atrás, durante las primeras horas del golpe que depuso al gobierno. Fue el encargado de copiar archivos, preservar pruebas para juicios futuros y, por último, quitar de las paredes los afiches de los ya exmandatarios. Miró una a una las caras congeladas, se paró delante del hombre fuerte del régimen, pero decidió que bajaría primero al presidente. El timbre del teléfono fue más rápido que sus manos. El mensaje le apuró el pulso:

– Deja todo como estaba, fracasamos.

Entre el ruido de las ráfagas, el estruendo de las detonaciones y los cánticos a favor de la restitución del gobierno, nadie lo miró correr por el estacionamiento del edificio ni llegar hasta el portón que escaló con la torpeza de un gato anestesiado. Desde una ventana salió un grito de gol que lo ayudó a calmar su andar. La vida seguía, tal vez pudiera asir la normalidad como al control remoto de la tele.

Se estremeció cuando oyó a casi todo el estadio también cantar un gol. Su mirada volvió a concentrarse en el hombre del torso desnudo. Había arrancado el trapo del prócer y brincaba haciendo que la cabeza del eminente dibujo se remeciera como si montara un caballo desbocado.

Sintió como algunos fanáticos a su alrededor se sosegaron cuando la pelota volvía al círculo central al mismo tiempo que dos tipos trajeados con la indiferencia de no pertenecer a ningún equipo, subían por las escaleras de la tribuna.

Por primera vez en toda la tarde, notó la pizarra: el gol de su equipo relucía ante la palidez del cero contrario. Se preguntó cuánto tiempo podría sostener el resultado y se sentó a esperar que los dos hombres llegaran hasta él, mientras que con un pañuelo se enjugaba el sudor de las sienes. Libres del peso de la humedad, los ojos recobraron lucidez, las letras tatuadas en el tronco del tipo se juntaron en una burla: “Aguanta, no es el final”.

Lo último que vio fue al hombre semidesnudo soltar el trapo y caminar hacia la salida. El prócer quedó tendido, la cara enterrada en la pista atlética.

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noviembre 3, 2015 at 12:14 pm

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La espera

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Abrió la libreta de notas por la última página. La pared rugosa que le sirvió de apoyo distorsionó su caligrafía. No le importó. Siguió caminando por la calle; entre los meandros dibujados por las carpas, reconoció voces, y consoló con sonrisas a los rostros agotados por la larga vigilia. Sin poder evitar la turbación de quien recibe un premio inmerecido, acogió las miradas agradecidas que le devolvían los ojos de variados colores, pero de texturas comunes: la del convencimiento arropando al miedo, la de la esperanza machacando atropellos.

Se sentó en su carpa junto a las dos amigas que hizo el día que se instaló el campamento. Bebieron agua de las botellas que había traído.

–         53 días. Ya no creo que liberen a nadie.

–         Deja el pesimismo, mujer.

Echó la cabeza hacia atrás, olfateó la brisa nocturna. Imaginó que estiraba la mano, apartaba las nubes y en el claro las estrellas formaban la fecha en que acabaría la espera. No se sentía cansada, la motivación por “hacer algo por el país” le daba cuerda a diario, con puntualidad, a su cuerpo y a su espíritu. Solo sentía ansiedad por ignorar el guion, la escena siguiente, el desenlace.

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agosto 4, 2015 at 6:33 pm

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Cubiertos

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cubiNo había sitio para nadie más en las dos mesas que reunieron para el almuerzo familiar del domingo. Hacía calor. Mientras atendía la comida, casi lista en el fuego, las gotas de sudor se amontonaban en sus cejas esperando turno para caer.

– Los cubiertos no alcanzan y no voy a bajar al maletero.

– Está bien.

Tampoco ella pensaba bajar.

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Written by Elsa Pilato

abril 23, 2015 at 6:41 pm

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La pelota

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pelotaHabían inundado la ciudad para la carrera de botes.

Las calles y avenidas principales se convirtieron en canales y habitantes y turistas buscaban los mejores sitios para ver la carrera.

Como aún faltaba para la partida, decidí echar un vistazo por las calles secas. Había tarantines de comidas y bebidas, algunos se divertían con carreras de sacos y bicicletas, otros jugaban fútbol, pero cuidando mucho que la pelota no cayera del lado inundado, la corriente la haría inalcanzable.

Me acerqué a un dique, pero no me dio tiempo de asomarme, tuve que apartarme para evitar que la pelota me diera en la cabeza. Su joven perseguidor quería saltar al canal, no se había dado cuenta de que la pelota en su huida apenas había rozado el agua, lo suficiente como para usarla de trampolín y llegar al otro lado donde se internó en un galpón que servía de depósito.

Con un movimiento de cabeza le indiqué adónde se había metido el balón. Me pidió que lo acompañara para asegurarse que le dijera el sitio exacto. Para pasar al otro lado tuvimos que caminar hasta el final del canal y regresar.

Ya dentro del edificio vimos que la pelota continuaba rebotando, de su cuenta, con ritmo propio, por los pisos, paredes, techos, lámparas, algunas máquinas y planchas metálicas, escombros olvidados. El muchacho corrió para alcanzarla. Me convertí en espectador de la persecución.

El joven era rápido y hábil, no tardó en alcanzar el balón y dominarlo. Los pies eran los que ahora marcaban el ritmo. Lee el resto de esta entrada »

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abril 12, 2015 at 8:00 pm

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El beso

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beerPosó la mejilla sobre la mesa para sentir más cerca el hedor a nicotina atascado en la madera. Lo hizo a sabiendas de que se quedaría impregnado en su piel, quizás con la intención de sustituir la sensación del beso que nunca fue, aquel que se quedó a medio camino, cortado su paso por una jarra de cerveza servida en la barra de ese mismo bar.

El mesero encendió el televisor para sintonizar el partido de fútbol.

Alzó el rostro y pidió una cerveza, se pasó los dedos por la cara, se los llevó a la nariz e intentó aspirar el olor a nicotina.

En la pantalla, el delantero saltaba entre dos defensas y para cabecear la pelota, en un movimiento que lucía imposible, giraba el cuello de tal forma que sus ojos, si querían, podían mirar el número nueve en la espalda. El balón se sintió halagado por el esfuerzo y se impulsó hasta detenerse en el fondo de la red. Las sillas rozaron el techo, el piso se convirtió en una alfombra de cerveza, el rumor de la euforia perturbó hasta los paisajes resecos de los cuadros de la pared.

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Written by Elsa Pilato

abril 7, 2015 at 7:59 pm

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La cadena

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cadenaDespués del anuncio del presentador, el presidente de la república lo llamó por su nombre. Por ser el mejor alumno de la escuela, uno de los pocos que sabía leer corrido en sexto grado, aunque a veces no entendía del todo las lecturas, se había ganado el privilegio de aparecer junto al presidente en cadena de radio y televisión.

Se trataba de un acto, algunos lo tacharían de propagandístico, para destacar los éxitos, hitos y logros de un nuevo sistema educativo adaptado al proceso de profundos cambios -sus impulsores decían que revolucionarios y sin retorno- que se había impuesto una década antes.

Se puso de pie para recibirlo, pidió aplausos al público y lo abrazó. El cuerpo recibió con agrado la calidez de los brazos del mandatario, pero de inmediato sintió el vacío de una hoja blanca, el recuerdo de un dibujo no empezado. Se haló el lóbulo de la oreja en busca de concentración.

El presidente sí sabía qué hacer con las palabras, pensó, mientras se admiraba por el montón de palabras nuevas, para él, pues nunca antes las había oído, que pronunciaba el jefe de la  nación, y por todo lo que sabía de su escuela. No imaginó que tuviera computadoras ni conexión a Internet ni una biblioteca con tantos libros ni mucho menos baños con agua. ¡Tendría que poner más atención el lunes cuando regresara a clases!

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Written by Elsa Pilato

marzo 23, 2015 at 5:32 pm

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