Elsa Pilato

La espera

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Abrió la libreta de notas por la última página. La pared rugosa que le sirvió de apoyo distorsionó su caligrafía. No le importó. Siguió caminando por la calle; entre los meandros dibujados por las carpas, reconoció voces, y consoló con sonrisas a los rostros agotados por la larga vigilia. Sin poder evitar la turbación de quien recibe un premio inmerecido, acogió las miradas agradecidas que le devolvían los ojos de variados colores, pero de texturas comunes: la del convencimiento arropando al miedo, la de la esperanza machacando atropellos.

Se sentó en su carpa junto a las dos amigas que hizo el día que se instaló el campamento. Bebieron agua de las botellas que había traído.

–         53 días. Ya no creo que liberen a nadie.

–         Deja el pesimismo, mujer.

Echó la cabeza hacia atrás, olfateó la brisa nocturna. Imaginó que estiraba la mano, apartaba las nubes y en el claro las estrellas formaban la fecha en que acabaría la espera. No se sentía cansada, la motivación por “hacer algo por el país” le daba cuerda a diario, con puntualidad, a su cuerpo y a su espíritu. Solo sentía ansiedad por ignorar el guion, la escena siguiente, el desenlace.

Se enderezó cuando advirtió el aullido de un perro que atravesaba raudo el campamento. Las patas soltaron un barro negro que dejó en el aire el celaje de un momento crucial. Una de las amigas la sacudió por el hombro:

–         Tenemos que correr.

La réplica se le quedó enganchada en los labios por culpa de la salpicadura de la corriente de agua que movía las carpas e inmovilizaba a sus habitantes. Entonces es ahora, pensó y tanteó la libreta de notas en el bolsillo trasero del pantalón.

No hubo reacción. Las amigas, ella y otros protestantes se vieron cercados por un grupo de uniformados. Los obligaron a sentarse en el suelo mojado, ya sin rastros del barro negro del perro de los presagios. Ella fue la última en obedecer. Mientras alcanzaba el piso con lentitud, el uniformado que mandaba no pasó por alto los destellos hirientes que emanaban de sus ojos.

–         Párate y ven conmigo.

Esta vez no lo hizo esperar. La condujo hasta detrás de una de las camionetas de las fuerzas del orden público.

–         ¿Qué tienes para mí?

Se sacó la libreta del bolsillo, arrancó la última página y se la entregó. El uniformado que mandaba apuntó al papel con una linterna, leyó los nombres en voz alta y asintió.

Le dio la espalda al de verde y dejó que sus pasos siguieran el aullido del perro, lejos de ahí.

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Written by Elsa Pilato

agosto 4, 2015 a 6:33 pm

Publicado en Cuentos

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