Elsa Pilato

La pelota

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pelotaHabían inundado la ciudad para la carrera de botes.

Las calles y avenidas principales se convirtieron en canales y habitantes y turistas buscaban los mejores sitios para ver la carrera.

Como aún faltaba para la partida, decidí echar un vistazo por las calles secas. Había tarantines de comidas y bebidas, algunos se divertían con carreras de sacos y bicicletas, otros jugaban fútbol, pero cuidando mucho que la pelota no cayera del lado inundado, la corriente la haría inalcanzable.

Me acerqué a un dique, pero no me dio tiempo de asomarme, tuve que apartarme para evitar que la pelota me diera en la cabeza. Su joven perseguidor quería saltar al canal, no se había dado cuenta de que la pelota en su huida apenas había rozado el agua, lo suficiente como para usarla de trampolín y llegar al otro lado donde se internó en un galpón que servía de depósito.

Con un movimiento de cabeza le indiqué adónde se había metido el balón. Me pidió que lo acompañara para asegurarse que le dijera el sitio exacto. Para pasar al otro lado tuvimos que caminar hasta el final del canal y regresar.

Ya dentro del edificio vimos que la pelota continuaba rebotando, de su cuenta, con ritmo propio, por los pisos, paredes, techos, lámparas, algunas máquinas y planchas metálicas, escombros olvidados. El muchacho corrió para alcanzarla. Me convertí en espectador de la persecución.

El joven era rápido y hábil, no tardó en alcanzar el balón y dominarlo. Los pies eran los que ahora marcaban el ritmo.

El baile continúo hasta que la pelota fue a parar encima de un contenedor. Inmóvil esperó a que el joven se subiera y la pateara con la intención de que tocara la pared final y regresara a él.

La pelota se devolvió con la fuerza de una bala de cañón. El cuerpo no se dejó sorprender, saltó, se contorsionó en el aire como hace un gato para caer panza abajo. En el vuelo el empeine derecho impactó el balón. Sólo faltaba una red para que hubiera un gol perfecto. Apenas la tocó, sabedor de que al menos había un espectador que relataría su jugada, la sonrisa apareció en su rostro.

En el mío también, pero desapareció enseguida al percatarme que eran dos las circunferencias que dejaban una estela: una en el aire y la otra en el suelo; una ajedrezada, reluciente como una vida nueva; la otra sanguinolenta, rodeada de mechones opacos como la cola de un cometa en extinción, lejos del cuerpo yacente bajo una plancha filosa.

En la funeraria le cosieron la cabeza al cuerpo y lo vistieron con una camisa de cuello alto. No le tocaron la cara para no borrar la sonrisa.

Inspirado en Decapitado

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Written by Elsa Pilato

abril 12, 2015 a 8:00 pm

Publicado en Cuentos, Fútbol

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