Elsa Pilato

La cadena

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cadenaDespués del anuncio del presentador, el presidente de la república lo llamó por su nombre. Por ser el mejor alumno de la escuela, uno de los pocos que sabía leer corrido en sexto grado, aunque a veces no entendía del todo las lecturas, se había ganado el privilegio de aparecer junto al presidente en cadena de radio y televisión.

Se trataba de un acto, algunos lo tacharían de propagandístico, para destacar los éxitos, hitos y logros de un nuevo sistema educativo adaptado al proceso de profundos cambios -sus impulsores decían que revolucionarios y sin retorno- que se había impuesto una década antes.

Se puso de pie para recibirlo, pidió aplausos al público y lo abrazó. El cuerpo recibió con agrado la calidez de los brazos del mandatario, pero de inmediato sintió el vacío de una hoja blanca, el recuerdo de un dibujo no empezado. Se haló el lóbulo de la oreja en busca de concentración.

El presidente sí sabía qué hacer con las palabras, pensó, mientras se admiraba por el montón de palabras nuevas, para él, pues nunca antes las había oído, que pronunciaba el jefe de la  nación, y por todo lo que sabía de su escuela. No imaginó que tuviera computadoras ni conexión a Internet ni una biblioteca con tantos libros ni mucho menos baños con agua. ¡Tendría que poner más atención el lunes cuando regresara a clases!

Entre tanta palabra nueva, perdió el hilo del discurso. Lejana oyó entonces la voz del presidente, distantes quedaron los rostros enamorados del público y los bostezos controlados de los ministros.

Las luces del teatro se apagaron. En la oscuridad veía la hoja blanca, el brillo de la punta de la lengua, asomando por la comisura de los labios, y la firmeza del lápiz amarillo, apenas suspendido, a punto de aterrizar para marcar los trazos de un dibujo ya concebido.

El estruendo fue el mismo de otras veces. Las ventanas se cerraron y se dispersaron los muchachos que jugaban chapita en la calle.

Era lo normal, ya estaba acostumbrado, se acostaría en el piso y aguardaría a que pasara la balacera. Quiso llevarse la tarea al suelo para no perder más tiempo, pero en el descenso el lápiz se le escurrió entre los dedos, la punta estalló al tocar el piso, las esquirlas de grafito hirieron de muerte al papel.

Afuera, alguien gritaba y golpeaba la puerta con la obstinación de la urgencia. Arrugó el papel inservible, contó un, dos, tres, y se incorporó para abrirla. Se encontró con unos ojos parecidos a los suyos, pero no se reconoció en aquella mirada extinta.

Las luces del teatro se encendieron cuando el presidente le tocó el hombro.

–         Me contaron que en tu escuela hicieron una exposición para conmemorar el nacimiento de El Padre de la Patria…

–          Sí, pero ese día falté porque mataron a mi hermano.

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Written by Elsa Pilato

marzo 23, 2015 a 5:32 pm

Publicado en Cuentos, Venezuela

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