Elsa Pilato

Lo que faltaba

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A las 7 de la mañana, como casi todos los días durante los tiempos de la escasez, empezó a formarse la fila en las afueras del supermercado Maravilla.

Las personas especulaban sobre el contenido del camión estacionado frente al negocio. Algunos afirmaban que por ser martes, lo más seguro era que el camión trajera harina de maíz, otros decían que llevaba café.

Se hicieron las 9, las 10, el mediodía y nada que abrían el camión. Algunos impacientes dejaron la cola, cedieron o vendieron el lugar a otros recién llegados. Desde dentro del supermercado arribaban noticias: “Las cajeras creen que es leche”. “Los del camión fueron al banco y ya vienen”. “En el banco hay mucha gente, pero antes de la una deberían volver”.

A esa hora quien apareció fue el dueño del supermercado a cerrarlo hasta las tres como era costumbre. Interrogado por el contenido del camión, respondió que no le parecía que fuera de ninguno de sus proveedores. No le creyeron. Siguieron esperando.

Más tarde, alguien entre los más adelantados de la cola manifestó que había que tomar una decisión. Convinieron en formar dos grupos de tres personas. Uno se encargaría de ir al banco a averiguar si los hombres del camión habían terminado el trámite y qué había sido de ellos; el otro inspeccionaría el camión. A este último grupo tuvieron que unirse más personas, cuando el trío original intentó sin éxito remecer el vehículo para deducir peso y volumen. La conclusión de la inspección fue que la carga estaba completa, había mercancía dentro del camión.

El grupo del banco regresó sin noticias: la sucursal había cerrado y no pudieron averiguar nada. Muchos se quedaron en sus puestos. Ya habían pasado muchas horas, por qué no esperar un poquito más.

El dueño del supermercado salió como a las cinco y les dijo que para qué hacían la cola si él no estaba esperando mercancía, que ya les había dicho que ese camión no era de un proveedor conocido. Otra vez sus palabras fueron tragadas por el sumidero de la incredulidad.

Apoyado en un mostrador vacío de jabones y champús un hombre permanecía impasible, ajeno, en apariencia, a lo que ocurría. Tiempo después, cuando se reconstruyeron los hechos, un joven que había estado en la cola aseguró haber sentido un escalofrío al fijarse cuan relucientes eran los zapatos de aquella persona y con cuanto esmero se notaba que había planchado el pantalón y la camisa manga larga de color negro que vestía. El color amarillento de los ojos almendrados del tipo también lo había inquietado, aunque no tanto como el bolígrafo, coronado por una calavera metálica, con el que jugueteaban sus dedos.

Algunos reprocharon al joven no haber comentado su impresión en aquel momento, otros pensaron que el muchacho tenía los recuerdos revueltos y confundía alguna leyenda oída en su infancia con lo que en realidad había visto.

Al atardecer, el grupo de adelante, el único firme, porque la mayoría había desistido y dejado la fila, volvió a reunirse. El negocio cerraría en poco tiempo, era necesario decidir si pasarían la noche en la cola con la esperanza de que a la mañana siguiente al fin bajaran la mercancía.

Un hombre se ofreció a forzar el candado del camión. Advirtió que su idea no era robar, sólo mirar lo que había dentro para sopesar si valía la pena continuar la espera. Dos hombres y una mujer estuvieron de acuerdo, los demás se fueron. Habría un nuevo día con nuevas colas por hacer.

Ya de noche, a la hora que ratas y perros se peleaban por husmear en la basura, el hombre logró abrir el candado con un alambre. Los otros dejaron que tuviera el privilegio, bien se lo había ganado, de ser el primero en ingresar al camión a comprobar el contenido de la carga.

La luz palpitante del fósforo le devolvió una mirada amarillenta. Sentado encima de los ataúdes que llenaban el camión, el hombre del mostrador manoseaba la calavera. El de la cola trató de descifrar aquella mirada tiesa de maniquí al mismo tiempo que entre sus dedos se extinguía la llama de la cerilla. Los de afuera llamaban, querían saber, ver más allá de la oscuridad que emanaba de la puerta entreabierta del camión. Al intentar hablarles, sintió que una ráfaga helada expandía su garganta, se puso las manos en el cuello en procura de detener la dilatación. Fue tan inútil como evitar la caída al vacío cuando el camión enfiló la calle con la precipitación de quien ha esperado mucho tiempo una señal para echarse a andar.

Los otros corrieron.

Ratas y perros se alegraron. Sin esperarlo, la noche los había premiado con una presa inerte.

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Written by Elsa Pilato

marzo 9, 2015 a 12:40 pm

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