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Il Divo: El empatador de cables llegó tarde

Diciembre 14, 2007

Después de tanto esperar, finalmente Il Divo llegó a Caracas el 12 de diciembre.

En la cola del Poliedro se sentía la emoción de todos ante el espectáculo que nos esperaba. Poco importó la lluvia, la caída tempranera de la noche (debido a la hora socialista) y el frío.

Los cánticos de “queremos entrar” se intensificaron a medida que se acercaban las 8 de la noche, hora pautada para el comienzo del show.

Una mala noticia que sonaba a rumor llegó a la cola: “me dijeron que los equipos acaban de llegar y que el concierto comenzará a las once”. Quisimos restar importancia al comentario y nos alentamos entre todas y con los de al lado diciendo que “eso no puede ser, esos equipos ya están requetemontados hace tiempo”.

A las 7:55 pm comenzamos a entrar. Conseguimos buenos puestos. El escenario se veía perfecto y las pruebas con los binoculares nos indicaban que veríamos a los divos “de cerquita”.

Pero algo no olía bien y no se trataba del aceite mil veces usado para freír tequeños. Qué va. Se sentía en el ambiente que el rumor de la cola se tornaba amenaza.

Algo no andaba bien, era evidente. Los técnicos, todos catires, se afanaban demasiado con los equipos del sonido y los instrumentos. Sus caras transmitían seriedad y concentración. Algunos sudaban, otros hablaban por radio o por teléfono, otros se pasaban la mano por el cabello y se lo alborotaban. El tiempo pasaba.

De vez en cuando sonaban aplausos y silbidos, pidiendo el comienzo del espectáculo, con mucha timidez; el público se mostró muy paciente.

Más o menos a las 9:30 pm salieron las supuestas anfitrionas de la noche: Shía Bertoni y Catherina Valentino. Dieron algunos datos sobre Il Divo y sobre los tenores criollos que harían de teloneros, no sin antes pedir disculpas por el retardo que se debía “al retraso en la llegada de una carga”.

El rumor de la cola ya no era rumor ni amenaza, era una certeza. Concluí que el tipo que empataba los cables no había llegado o se había retrasado.

A los tenores criollos hay que agradecerles el esfuerzo. No es fácil cantar en el Poliedro ni mucho menos hacerlo antes de Il Divo, el grupo a quien pretenden imitar. A mí su actuación, que se prolongó por una media hora que pareció más eterna que la espera en las afueras del Poliedro, me pareció muy mala. Tampoco los ayudó el sonido, aún sin probar o mejor dicho sin montar, así parecía, ni las pistas casi rayadas de algunas de las canciones que interpretaron. No me convencieron sus voces ni su imagen. Les falta mucho.

Ya eran más de las diez cuando los criollos se retiraron. Su actuación, eso sí, hizo que el público adormecido se despertara y así se hicieron más frecuentes y ruidosas las peticiones para que comenzara el espectáculo.

Le dije a Narsa que si volvían a salir la Bertoni y la otra las iba a pitar. Cuando salieron me di cuenta de que no era la única que había pensado hacer algo similar.

La abudante paciencia del público se había agotado. La pita fue escandalosa. Los gritos de “Il Divo, Il Divo” retumbaban en el Poliedro. Las dos mujeres no entendieron nunca al público y se empeñaban en hablar más alto que el volumen de las pitas y peticiones de los cantantes.

Según lo que pude captar de lo que decían, faltaba muy poco para que Il Divo se presentara, apenas 20 minutos, todo el equipo de producción del show y el cuarteto, decían, están muy preocupados y trabajando duro para brindarles la mejor calidad de sonido y un gran espectáculo.

“Vale la pena esperar”. En esta frase me desgañité. Cómo se atreven a decir eso a alguien que ha pagado una entrada por semejante valor. ¡Por supuesto que sabemos que vale la pena, tanto lo sabemos que pagamos lo que pagamos!; que valga la pena, no significa que vamos a aceptar pasivamente las fallas en la producción del show.

En realidad no sé de quién fue la culpa, si fue debido a un “retraso” o a la falta de tirro para empatar un cable, si fue de la gente de Il Divo o de la empresa que los trajo, no sé, lo único que sé es que hubo una falla enorme en la producción del show que evidentemente repercutió en la calidad del espectáculo.


Pero déjenme volver a las “animadoras”. Ellas seguían empeñándose en hablar. Ni siquiera cuando el Poliedro rugió “¡¿Por qué no te callas?!, las carajas entendieron que debían guardar silencio para apaciguar al público. Continuaron hablando, patéticas ambas, preguntando qué podían hacer para contentarnos. Algunos fueron implacables: ¡Fuera, fuera!, pero ni aún así entendieron.

Se callaron sólo cuando les dieron una seña de que sí, que finalmente empezaría. Sacaron a la orquesta a tocar para entretenernos un poquito. Se notaba que no había habido suficiente tiempo para hacer todas las pruebas de sonido que un show vendido como “formato VIP” requería. Por fortuna, al avanzar el concierto harían los ajustes y se escucharía mejor.

Al fin a las 10:50 pm los cuatro integrantes de Il Divo aparecieron en escena.

Venezuela es generosa. El público les perdonó todo, incluso yo, jijiji, y se dispuso a disfrutar del concierto, de las prodigiosas y educadas cuerdas vocales de Carlos, Urs, David y Sebastien.

Los binoculares nos permitieron verlos enteritos y “de cerquita”.

Carlos pidió también disculpas por “las tres horas” que tuvimos que esperar debido a “las fallas técnicas” y se mostró, al igual que Sebastien, muy simpático y cariñoso con el público. David me sorprendió. El gringote es de una ternura desbordante y canta con pasión. El más distante fue el suizo Urs, bastante frío hacia todo, incluso hacia sus compañeros.

En la última canción “Somewhere”, los tipos se sentaron al borde del escenario. Una mujer algo robusta y con pinta de haberse echado unos cuantos palitos, trepó al escenario, tuvo tiempo de rodar un pelo antes de incorporarse (y antes de que seguridad arribara) y quiso acercarse a Urs quien sólo atinó a poner un brazo adelante sin brusquedad ni mucho menos pero por si acaso. En ese mismo instante apareció un seguridad y se llevó a “la exaltada”. Fue muy cómico.

Conclusión:

Il Divo es maravilloso y si vuelven, “vuervo a dir”, pero considero que para un show vendido como “formato VIP”, no fuimos todo lo bien tratados que merecíamos.

De todas maneras, pese a todas las fallas, lo disfruté mucho, porque la calidad vocal e interpretativa y la capacidad de colirio de los tipos son irrefutables.

Esperemos regresen pronto.

“Let it be”

Septiembre 20, 2007

Reconocí la melodía que un hombre tocaba en el piano del fondo. Era negro. El piano, no el hombre.

Recordé lo que había hecho en la mañana y extraje de mi morral un triple disco quemado mp3. “Buhoneros de mierda”, susurré para no estropear la música. La lista de canciones impresas en el cartón parecía infinita. Los títulos eran ilegibles.

Me acerqué a la barra y pedí una cubalibre con un hielo. Le advertí al hombre que despachaba que no tenía sencillo. Había perdido mi monedero, también de color negro, por cierto. Me sonrió. Sus dientes eran amarillos. No dijo nada. Sólo sirvió el pedido. Me asomé al vaso y vi que tenía dos hielos, pero tampoco dije nada. Miré hacia el piano y el hombre que tocaba también me sonrió y vi que sus dientes eran amarillos.

La reina del rock

Julio 19, 2007

La esposa del profesor me estaba mostrando el patio interno de la casa. Era amplio y no tenía ni una sola planta. Amplio porque así era el pensamiento de un investigador científico, me dijo.

Me trepé al muro que circundaba el patio y comencé a caminar jugando el juego del equilibrio cual gato. Caminé y caminé. Sin prisa y sin ningún temor. Al toparme con una pared, bajé a la calle.

Vi que había mucha gente alrededor de una puerta. Todos eran muy jóvenes y policías con uniforme negro los mantenían a raya. Estaban muy alborotados y tenían libretas, bolígrafos y cámaras fotográficas. No entendía qué pasaba.

Entré por la puerta que mantenía en expectativa a toda aquella gente. No vi nada especial. Algunas personas se cruzaron conmigo y salieron al exterior por la misma puerta.

Noté que una de ellas era una mujer de pelo rubio pintado y vestía pantalones de cuero negro, pero no supe quién era. La gente comenzó a gritar como loca. Gritaban un nombre.

Con las manos doblé mis orejas hacia adelante para oír mejor y pude distinguir: ¡Melissa! ¡Melissa! ¡Melissa! ¡Melissa!

Soledad Bravo en la Simón

Julio 15, 2007

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La extraordinaria voz de Soledad Bravo emocionó a la comunidad uesebista y a todos quienes se acercaron hasta el campus de Sartenejas para gozar con su canto el pasado viernes por la tarde.

El anfiteatro del Conjunto de Auditorios, epicentro de los debates políticos en los últimos meses, fue el escenario donde una vez más quedó demostrado que la música une a la gente. Sin distinción de edad, nivel académico, nacionalidad, grado de escalafón o color de camisa, los presentes bailaron cuando había que bailar y cantaron con Soledad canciones profundamente conocidas y sentidas por gran parte de los venezolanos.

Con “El elegido”, una Soledad Bravo con lentes oscuros para protegerse del fuerte sol que inundaba el valle de Sartenejas, dio inicio al concierto. Siguieron, entre otras, “De que callada manera”, “Todo a pulmón”, “Ojos malignos”, “Unicornio azul”, “Para vivir”, “Yolanda”, “Coquivacoa” y “Me gustan los estudiantes”. Esta última con la letra algo modificada: astronomía por autonomía, para mayor goce del público estudiantil.

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Algunos estudiantes, aprovechando una pausa entre canción y canción, desplegaron una pancarta amarilla con la palabra autonomía, otra que tenía escrito libertad y la bandera de Venezuela. El público acompañó con aplausos y los respectivos gritos de “libertad” y “autonomía”.

La interpretación de “Ojalá” marcó el primer cierre del concierto de Soledad Bravo y sus músicos. El rector Benjamín Scharifker y la vicerrectora académica Aura López, aprovecharon para entregarle cuarenta rosas, por sus cuarenta años de vida artística y como agradecimiento por cantar en las cuatro décadas de la Simón Bolívar. Una voz osada salida del público gritó en el momento del obsequio “¡cuarenta canciones!” La gente quería más y fue complacida con “Son desangrado” y “Gracias a la vida”, que Soledad dedicó “a los que se fueron, a los que ya no están y a los que están presos para que no pierdan la esperanza”.

El cierre, ahora sí definitivo, fue con la interpretación, una vez más, de “Me gustan los estudiantes”.

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Este texto también puede ser leído en El Papel de la Bolívar