Archivos de la categoría ‘Bostezos’
Cuidar es querer
Septiembre 7, 2008Con mi escritor favorito
Agosto 16, 2008Gracias al espíritu reporteril (o a la habilidad para sorprender a las personas y no darles oportunidad de reaccionar) de mi amiga Vanessa Rolfini, logré retratarme (como dicen en el llano) con mi escritor favorito Mario Vargas Llosa, quien estuvo por Caracas para asistir a una función de su obra teatral Al pie del Támesis, montada en el Trasnocho Cultural por el Grupo Actoral 80.
Al pie de El Buscón, hacia donde se dirigía, nos lo encontramos. Ni cuenta me di que nos cruzaríamos con él. Vane sí y no perdió ni un segundo, más rápida que Usain Bolt, pues, y sobrada también: “¿Usted se tomaría una foto con mi amiga que es una gran admiradora suya y se ha leído todos sus libros?”, todo esto dicho al mismo tiempo que sacaba mágicamente la cámara de la cartera. “¿Todos mis libros, sí? Son como 30″. “Pues sí, todos”, contesta Vane. Yo completamente muda, por supuesto. Sólo después del click, le di las gracias y le estreché la mano. No la lavaré hasta que salga la próxima novela de Marito.
American Idol
Mayo 30, 2008Fuimos a ver la final de American Idol. No era en el Nokia Theatre ni nada parecido. Se escenificaba en una especie de sala de ensayo. Estaba abarrotada. Muchas personas se subían en sillas y mesas, incluso algunos se colgaban en lámparas, para mirar la pequeña y baja tarima al fondo de la sala donde cantaban los finalistas.
Iba con mi mamá y mi hermana y quizás otras personas más de las que no recuerdo ni siquiera el nombre. En algún momento, por una razón sin precisar, me separé del grupo y llegué hasta el fondo de la sala. El espectáculo ya estaba por terminar. Estaba cantando Seysha. Unos hombres de negro cuidaban que el público no se acercara mucho a la artista, aunque su labor parecía imposible, siempre había algún fan que lograba al menos rozarla.
Como casi siempre me elevé, esta vez por encima de la gente que aún me separaba del escenario. Alguien gritó “¡Elsa!”, pero ya yo me encontraba por el aire muy cerca del techo, sólo que el grito desestabilizó mi “vuelo” y aterricé violentamente contra un cajón de madera que no sé por qué se encontraba ahí, justo delante del escenario. Sentí un fuerte dolor en la rodilla izquierda y noté que tenía un raspón en el muslo de la misma pierna. Después del impacto, como pude logré sentarme en el mismo cajón. Pese a todo el alboroto, los hombres de negro no me hicieron nada, se me acercaron nada más. No pude ver sus ojos porque llevaban lentes oscuros. Eso sí, Seysha interrumpió la canción y me miró, no con rabia, sino como si mirara al vacío.
Todo terminó. La gente comenzó a dispersarse, pero yo me quedé en la sala. Al parecer, quería saludar a los artistas. Me acerqué al pequeño David Archuleta que estaba sentado en una banqueta de piano, la espalda recostada en la pared. Entre sus manos, a la altura del rostro, tenía una lamparita cuya luz observaba intensamente. Me le acerqué más y le dije, casi susurrando, “que tengas suerte”. Él pareció no advertir mi presencia.
Salí de la sala, al exterior, y me fijé en una ambulancia aparcada delante de la puerta de un estacionamiento. Mi mamá y David Cook trataban de sacar una camilla de la ambulancia. Había otra camilla adentro con una persona, tal vez un desmayado o… un muerto, pensé, porque el cuerpo estaba cubierto con una sábana blanca. Ellos me miraron y se sorprendieron al verme. “Pensábamos entrar para buscarte, creíamos que estabas herida”, dijo alguno de los dos. Les informé que estaba bien, y entonces David Cook dijo que los hombres de negro no me habían hecho nada porque yo había mencionado que tenía una hojilla. “Se asustaron”. No recordaba haber dicho, ni siquiera pensado, tal cosa, pero asentí.
El cocodrilo
Mayo 30, 2008Entré a la antesala de la oficina de R. Él estaba sentado frente a un escritorio de madera oscura y atendía una llamada por un teléfono gris. Se había cortado bastante el pelo y también se había rebajado la barba.
Resulta que también yo estaba hablando por teléfono desde otro escritorio y hablaba con R. De pronto, nuestras miradas se cruzaron y entendimos que debíamos colgar. Casi al mismo tiempo sentí que un hombre inclinaba su cabeza ante mí. Su objetivo era que lo reconociera. Era el señor M. y vestía un traje negro con corbata también negra. Me disculpé por no haberlo reconocido. Eché una mirada alrededor de la sala y advertí que dos de sus hijos estaban sentados en un banco, también trajeados de negro.
El señor M. me dijo que saliéramos porque debíamos ver al cocodrilo de su hijo y recordar viejos tiempos del club italiano.
Salimos al patio del edificio en Villa de Cura. El cocodrilo era enorme y danzaba en el aire con sus fauces abiertas. Nadie parecía temerle.


