Fuimos a ver la final de American Idol. No era en el Nokia Theatre ni nada parecido. Se escenificaba en una especie de sala de ensayo. Estaba abarrotada. Muchas personas se subían en sillas y mesas, incluso algunos se colgaban en lámparas, para mirar la pequeña y baja tarima al fondo de la sala donde cantaban los finalistas.
Iba con mi mamá y mi hermana y quizás otras personas más de las que no recuerdo ni siquiera el nombre. En algún momento, por una razón sin precisar, me separé del grupo y llegué hasta el fondo de la sala. El espectáculo ya estaba por terminar. Estaba cantando Seysha. Unos hombres de negro cuidaban que el público no se acercara mucho a la artista, aunque su labor parecía imposible, siempre había algún fan que lograba al menos rozarla.
Como casi siempre me elevé, esta vez por encima de la gente que aún me separaba del escenario. Alguien gritó “¡Elsa!”, pero ya yo me encontraba por el aire muy cerca del techo, sólo que el grito desestabilizó mi “vuelo” y aterricé violentamente contra un cajón de madera que no sé por qué se encontraba ahí, justo delante del escenario. Sentí un fuerte dolor en la rodilla izquierda y noté que tenía un raspón en el muslo de la misma pierna. Después del impacto, como pude logré sentarme en el mismo cajón. Pese a todo el alboroto, los hombres de negro no me hicieron nada, se me acercaron nada más. No pude ver sus ojos porque llevaban lentes oscuros. Eso sí, Seysha interrumpió la canción y me miró, no con rabia, sino como si mirara al vacío.
Todo terminó. La gente comenzó a dispersarse, pero yo me quedé en la sala. Al parecer, quería saludar a los artistas. Me acerqué al pequeño David Archuleta que estaba sentado en una banqueta de piano, la espalda recostada en la pared. Entre sus manos, a la altura del rostro, tenía una lamparita cuya luz observaba intensamente. Me le acerqué más y le dije, casi susurrando, “que tengas suerte”. Él pareció no advertir mi presencia.
Salí de la sala, al exterior, y me fijé en una ambulancia aparcada delante de la puerta de un estacionamiento. Mi mamá y David Cook trataban de sacar una camilla de la ambulancia. Había otra camilla adentro con una persona, tal vez un desmayado o… un muerto, pensé, porque el cuerpo estaba cubierto con una sábana blanca. Ellos me miraron y se sorprendieron al verme. “Pensábamos entrar para buscarte, creíamos que estabas herida”, dijo alguno de los dos. Les informé que estaba bien, y entonces David Cook dijo que los hombres de negro no me habían hecho nada porque yo había mencionado que tenía una hojilla. “Se asustaron”. No recordaba haber dicho, ni siquiera pensado, tal cosa, pero asentí.
