Había elecciones. Mike y yo nos dirigimos al centro de votación que nos correspondía. Entramos por el estacionamiento de una casa de pueblo, amplia y de techos altos. En el patio interno se veía mucha gente yendo y viniendo, atareada. Por alguna razón no aclarada no pudimos quedarnos para votar.
Salimos.
En el malecón el sol hacía que pareciéramos chinas, pues no podíamos abrir del todo nuestros ojos. El sonido del mar se confundía con las voces del mercado. Comimos empanadas de cazón. Estaban en su punto. Delgadas y crujientes y el relleno no destilaba ni una gota de aceite.
Bebimos jugo de parchita.
Volvimos al centro de votación. Esta vez había filas enormes de votantes. Nos separamos. Me coloqué detrás de un hombre joven que leía un periódico de los grandes, quizás El Nacional o El Universal.
Un rumor llegó a la fila y la gente se dispersó. La mayoría se dirigió a buscar su carro en el estacionamiento contiguo. Era tal el desorden que ningún carro podía salir, nadie podía conducir hacia atrás ni hacia adelante, mucho menos hacia los lados.
Ya era de noche. Los votantes frustrados optaron por abrir las ventanas y puertas de sus carros y esperar a ver si se resolvía “la galleta”.
Mi hermana miró al cielo y advirtió que era tan negro como el color del carro que conducíamos. Me hizo chist y puso su índice en el oído. Asomé la cabeza por la ventanilla y pude oír las voces lejanas que cantaban …
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