Archivo de Noviembre 2007

Adiós al 23

Noviembre 29, 2007

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Tal vez los fanáticos del Caracas esta temporada no nos alegraremos con otro título -aunque no pierdo las esperanzas, ¡jamás!- pero siempre recordaremos la campaña 2007-08 como la de despedida de Omar Vizquel, el mago del número 23.

Tener a Vizquel por estas tres semanas ha sido un privilegio.

Algunos lo han criticado por venir sólo por pocos encuentros, pero para mí esta despedida del beisbol venezolano ha sido un gesto de humildad y cariño hacia la afición por parte de nuestro querido campocorto.

Vizquel nos dio mucho y se fue en 1995 dejándonos un inolvidable título de campeones del que fue protagonista.

Ahora, ya en el ocaso de su carrera, quiso despedirse de todos los fanáticos del beisbol venezolano, no sólo de los seguidores de los gloriosos Leones, y sólo hay que decirle:

¡Gracias Vizquel, gracias por darnos la alegría de verte jugar nuevamente en los campos venezolanos!

Con Yadi y su pequeño Luis Fernando fuimos a un juego en el que estuvo Vizquel.

Además de ver en acción a la historia viva del beisbol venezolano, el hombre record, vivimos un juego maravilloso (aquel contra Caribes que decidió el novato Lisson con un jonrón), quedamos sin voz y felices.

Luis Fernando sólo tiene 4 años, las fotos, las crónicas de la prensa y de Internet y las anécdotas que le contaremos su madre y yo, lo harán revivir y, lo que es más importante, valorar aquel día como uno de los más grandes tesoros de su existencia.

Podrá decir: “yo vi a Omar Vizquel jugar en el Universitario”. Eso no tiene precio.

Foto: Yadi con el 23 en la rueda de prensa de Movilnet 

Elecciones

Noviembre 28, 2007

Había elecciones. Mike y yo nos dirigimos al centro de votación que nos correspondía. Entramos por el estacionamiento de una casa de pueblo, amplia y de techos altos. En el patio interno se veía mucha gente yendo y viniendo, atareada. Por alguna razón no aclarada no pudimos quedarnos para votar.

Salimos.

En el malecón el sol hacía que pareciéramos chinas, pues no podíamos abrir del todo nuestros ojos. El sonido del mar se confundía con las voces del mercado. Comimos empanadas de cazón. Estaban en su punto. Delgadas y crujientes y el relleno no destilaba ni una gota de aceite.

Bebimos jugo de parchita.

Volvimos al centro de votación. Esta vez había filas enormes de votantes. Nos separamos. Me coloqué detrás de un hombre joven que leía un periódico de los grandes, quizás El Nacional o El Universal.

Un rumor llegó a la fila y la gente se dispersó. La mayoría se dirigió a buscar su carro en el estacionamiento contiguo. Era tal el desorden que ningún carro podía salir, nadie podía conducir hacia atrás ni hacia adelante, mucho menos hacia los lados.

Ya era de noche. Los votantes frustrados optaron por abrir las ventanas y puertas de sus carros y esperar a ver si se resolvía “la galleta”.

Mi hermana miró al cielo y advirtió que era tan negro como el color del carro que conducíamos. Me hizo chist y puso su índice en el oído. Asomé la cabeza por la ventanilla y pude oír las voces lejanas que cantaban …

Gracias

Noviembre 27, 2007

Richard Páez se despidió de la selección venezolana de fútbol. Lamentablemente, su salida se produjo de una manera triste y eso se debió a que no entendió que su ciclo con la vinotinto debió culminar apenas finalizara la actuación venezolana en la Copa América, tal como él mismo había prometido meses antes de la cita futbolística continental.

Páez hizo historia con la selección venezolana y hay que agradecerle. Fueron siete años en los que, al fin, después de tantas derrotas y humillaciones, pudimos empezar a soñar con asistir a un Mundial.

Ahora la Federación Venezolana de Fútbol debe nombrar al sustituto, tarea nada fácil y que se complica aún más por la salida precipitada de Páez. Esperemos que haga la mejor escogencia para que nuestro fútbol siga evolucionando.

En diciembre de 2001 escribí para la edición impresa de El Papel de la Bolívar una nota que titulé: “La vinotinto ya no es amarga”. En ella Richard Páez explicaba cómo la mentalidad del futbolista venezolano había dado un vuelco. Quizá en ello reside el aporte más importante de Páez al frente de la vinotinto: librar a los jugadores de complejos.

Escribí entonces: El cambio de mentalidad de los jugadores, convencerlos de su capacidad para alcanzar metas importantes y definir una identidad y estilo de juego propios, fue fundamental para conseguir los resultados y cambiar la imagen del fútbol venezolano tanto en el país como en el ámbito internacional.

Y citaba a Páez, “escogimos a un grupo de futbolistas (…) con el objetivo de conseguir una identidad, un estilo de juego que cautivara a toda una generación de futbolistas y a la afición, una manera de jugar que reflejara lo que somos: un pueblo alegre, caribeño, pícaro… Ocho meses después aquí están los resultados”.

Richard Páez gracias por todo.

Parque Venezuela

Noviembre 22, 2007

La tarea que me habían impuesto consistía en recoger frutas del suelo, ligarlas con yogurt líquido y llenar con la mezcla un montón de jarras plásticas de colores pasteles.

El lugar era conocido, pero no sabría decir dónde se encontraba. La tierra de donde debía recoger las frutas era una parcela rectangular, techada y rodeada de rejas. Del otro lado de los barrotes, en lo que parecía ser un campo deportivo de tierra roja, se encontraba la mesa con las jarras. Un hombre de seguridad de la empresa Evenpro cuidaba la puerta que dividía la parcela y el campo.

Me senté en la tierra con una cesta colgada de mi brazo izquierdo, mientras con la mano derecha escarbaba en busca de las frutas. Encontré varias, creo que eran manzanas y duraznos; algunas estaban aplastadas. Mike vino a saludarme y aproveché para decirle que la sopa le había quedado muy buena.

Al cabo de un rato, decidí que era tiempo de ir a mezclar y llenar las jarras. Camino a la puerta me encontré a dos muchachos tendidos en el suelo. Conocía a uno de ellos, aunque no sabría decir quién era. Vestía un mono azul oscuro y era gordo. Estaba echado de espaldas y también parecía buscar algo. Pasé por encima de ellos.

Él estaba en la puerta, no en la vigilada, sino en otra que daba salida a alguna parte. Era un muchacho a quien también conocía, pero no sabría decir su nombre. Era alguien muy joven, moreno, alto y delgado. Vestía una camisa blanca manga larga, su pantalón era gris y los zapatos eran negros. Su cabello también era negro y revuelto. Apreté la cara tratando de recordar quién era. Concluí que era el hijo de una maestra. Él no tenía dudas de mi identidad. Me saludó cariñosamente y me preguntó por mi hermana, quería saber si todavía estaba estudiando. Le dije que no, que hacía años había terminado y que trabajaba en un banco.

Salimos del lugar. Afuera ya era de noche. Bajamos unas escaleras de piedra. Parecía que nos encontrábamos en alguna ciudad europea. Los edificios y monumentos así me lo decían. El joven me señaló una colina. En lo más alto se hallaba un monumento, quizás un águila con las alas desplegadas. Cerca del monumento, muchos niños jugaban. Vestían ropas de invierno y halaban trineos. Noté que allá, en aquel sitio, comenzaba a nevar.

Seguimos caminando e ingresamos a un pequeño parque. Un coro cantaba. Sentía frío, también ahí había comenzado a nevar. Nos situamos con un grupo de personas. Ellas parecían dirigir el coro, que se hallaba como a 20 metros de distancia sobre una piedra. Una señoras les daban indicaciones a las personas del coro sobre cómo debían cantar. Los coristas lo hacían realmente muy mal, no se sabían la letra, no proyectaban la voz y desafinaban. Varias personas lo comentaron en voz muy alta.

Salimos del parque empleando una puerta que daba a una amplia avenida. Otras personas salieron junto a nosotros. Detuve mi marcha, había recordado de pronto que había estado antes en ese parque. Le dije al muchacho: “Sí, estoy segura, éste es el parque Venezuela, aquí fue donde…” Miramos hacia la reja que circundaba el parque, nos acercamos e inclinamos un poco para mirar la inscripción de una placa. La mano del joven apartó la nieve que la cubría y pudimos leer “Parque Venezuela”.

Apenas seguimos andando, unas señoras detrás de nosotras comentaban: “Estos venezolanos siempre queriendo hablar más que los demás”. “Ellos dicen que nosotros hablamos muy alto, pero no se dan cuenta de que ellos hacen lo mismo, peor”.

Las señoras pasaron a nuestro lado y nos miraron. Asentí y les dije: “Sí, tenemos esa mala costumbre”. Una de ellas me respondió: “Para comprar Hummers sí están mandados a hacer”. Nos reímos y seguimos nuestra marcha.

Llegué, sola, al lugar desde donde había partido. Me preocupaban las jarras. No había finalizado la tarea que me había sido impuesta.

Un vigilante de empresa pública bloqueaba la puerta. Le dije que me urgía entrar, pues debía llenar las jarras. El hombre se negaba, pero insistí tanto que me dejó pasar. Tuve que meter la barriga y el culo para poder entrar, pues el vigilante abrió apenas la puerta. Al ingresar comprendí por qué.

Había montones de cajas en el suelo y adornos de Navidad y juguetes llenaban la habitación. Varias personas se encargan de meter juguetes y adornos en cajas de diferentes tamaños. Me detuve a mirar a un vigilante, también de empresa pública, sentado en un taburete. Llenaba una caja con muchos adornos de arbolito. Sabía que lo conocía, pero no supe decir su nombre.

Miré hacia el campo y vi que habían retirado las jarras. El hombre de las cajas me informó que ya no valía la pena llenarlas, que me quedara tranquila.