La tarea que me habían impuesto consistía en recoger frutas del suelo, ligarlas con yogurt líquido y llenar con la mezcla un montón de jarras plásticas de colores pasteles.
El lugar era conocido, pero no sabría decir dónde se encontraba. La tierra de donde debía recoger las frutas era una parcela rectangular, techada y rodeada de rejas. Del otro lado de los barrotes, en lo que parecía ser un campo deportivo de tierra roja, se encontraba la mesa con las jarras. Un hombre de seguridad de la empresa Evenpro cuidaba la puerta que dividía la parcela y el campo.
Me senté en la tierra con una cesta colgada de mi brazo izquierdo, mientras con la mano derecha escarbaba en busca de las frutas. Encontré varias, creo que eran manzanas y duraznos; algunas estaban aplastadas. Mike vino a saludarme y aproveché para decirle que la sopa le había quedado muy buena.
Al cabo de un rato, decidí que era tiempo de ir a mezclar y llenar las jarras. Camino a la puerta me encontré a dos muchachos tendidos en el suelo. Conocía a uno de ellos, aunque no sabría decir quién era. Vestía un mono azul oscuro y era gordo. Estaba echado de espaldas y también parecía buscar algo. Pasé por encima de ellos.
Él estaba en la puerta, no en la vigilada, sino en otra que daba salida a alguna parte. Era un muchacho a quien también conocía, pero no sabría decir su nombre. Era alguien muy joven, moreno, alto y delgado. Vestía una camisa blanca manga larga, su pantalón era gris y los zapatos eran negros. Su cabello también era negro y revuelto. Apreté la cara tratando de recordar quién era. Concluí que era el hijo de una maestra. Él no tenía dudas de mi identidad. Me saludó cariñosamente y me preguntó por mi hermana, quería saber si todavía estaba estudiando. Le dije que no, que hacía años había terminado y que trabajaba en un banco.
Salimos del lugar. Afuera ya era de noche. Bajamos unas escaleras de piedra. Parecía que nos encontrábamos en alguna ciudad europea. Los edificios y monumentos así me lo decían. El joven me señaló una colina. En lo más alto se hallaba un monumento, quizás un águila con las alas desplegadas. Cerca del monumento, muchos niños jugaban. Vestían ropas de invierno y halaban trineos. Noté que allá, en aquel sitio, comenzaba a nevar.
Seguimos caminando e ingresamos a un pequeño parque. Un coro cantaba. Sentía frío, también ahí había comenzado a nevar. Nos situamos con un grupo de personas. Ellas parecían dirigir el coro, que se hallaba como a 20 metros de distancia sobre una piedra. Una señoras les daban indicaciones a las personas del coro sobre cómo debían cantar. Los coristas lo hacían realmente muy mal, no se sabían la letra, no proyectaban la voz y desafinaban. Varias personas lo comentaron en voz muy alta.
Salimos del parque empleando una puerta que daba a una amplia avenida. Otras personas salieron junto a nosotros. Detuve mi marcha, había recordado de pronto que había estado antes en ese parque. Le dije al muchacho: “Sí, estoy segura, éste es el parque Venezuela, aquí fue donde…” Miramos hacia la reja que circundaba el parque, nos acercamos e inclinamos un poco para mirar la inscripción de una placa. La mano del joven apartó la nieve que la cubría y pudimos leer “Parque Venezuela”.
Apenas seguimos andando, unas señoras detrás de nosotras comentaban: “Estos venezolanos siempre queriendo hablar más que los demás”. “Ellos dicen que nosotros hablamos muy alto, pero no se dan cuenta de que ellos hacen lo mismo, peor”.
Las señoras pasaron a nuestro lado y nos miraron. Asentí y les dije: “Sí, tenemos esa mala costumbre”. Una de ellas me respondió: “Para comprar Hummers sí están mandados a hacer”. Nos reímos y seguimos nuestra marcha.
Llegué, sola, al lugar desde donde había partido. Me preocupaban las jarras. No había finalizado la tarea que me había sido impuesta.
Un vigilante de empresa pública bloqueaba la puerta. Le dije que me urgía entrar, pues debía llenar las jarras. El hombre se negaba, pero insistí tanto que me dejó pasar. Tuve que meter la barriga y el culo para poder entrar, pues el vigilante abrió apenas la puerta. Al ingresar comprendí por qué.
Había montones de cajas en el suelo y adornos de Navidad y juguetes llenaban la habitación. Varias personas se encargan de meter juguetes y adornos en cajas de diferentes tamaños. Me detuve a mirar a un vigilante, también de empresa pública, sentado en un taburete. Llenaba una caja con muchos adornos de arbolito. Sabía que lo conocía, pero no supe decir su nombre.
Miré hacia el campo y vi que habían retirado las jarras. El hombre de las cajas me informó que ya no valía la pena llenarlas, que me quedara tranquila.