Habían inundado la ciudad de agua especialmente para la carrera de barcos.
Las calles y avenidas se convirtieron en canales y los habitantes buscaron sitios altos para seguir la carrera. También en esos lugares esperarían a que, al concluir la competencia, vaciaran el agua de la ciudad .
Nos habían advertido que inmediatamente al terminar la carrera de barcas se cerraría un tramo de la avenida principal de la ciudad, colocando una santamaría gigante para cortar el paso de la corriente creada por la organización. Todo esto con el objetivo de que se desarrollara, en un trazado seco, la carrera de bicicletas.
Me encontraba, junto con decenas de habitantes de la ciudad, en un complejo techado de piscinas, donde se desarrollaba otra competencia. Me quedé un rato a observar: varias niñas nadaban graciosamente. El jurado escogió a 3 de ellas para la gran final. Una madre lloró.
Uno de los jueces le preguntó a una de las niñas finalistas si había perdido a su padre, a lo cual la pequeña respondió que sí y se puso muy triste.
Más tarde me enteré de que esa niña había ganado el primer lugar y que la habían vestido de cabaretera para sacarle la foto que iría a la galería de imágenes históricas del concurso.
Otra advertencia llegó de la organización: el equipo de fútbol debería limitarse a jugar en el área mojada y por ningún motivo atravesar la santamaría y trasladarse al área seca. Con esta medida la organización pretendía que el paso de las bicicletas transcurriera sin interrupciones.
Si la pelota pasaba al área seca, de algún modo debían apartarla del camino, jugar en el interior de las casas y edificios y patear el balón tan fuertemente que llegara otra vez al área mojada.
Asimismo, estaba prohibido que el público se acercara al área de la santamaría, donde aún se concentraba bastante agua.
Cuando el agua descendió lo suficiente para que un carro no fuera arrastrado, busqué mi Fiesta amarillo y conduje a lo largo de la avenida principal. Observé que las calles se habían vaciado casi completamente, sólo estaban mojadas y se veía uno que otro charcho, como si hubiera llovido.
La santamaría ejercía una poderosa atracción sobre mí, necesitaba estar cerca de ella y ver qué pasaba. Intuyo que era por el fútbol, pues a pesar de las advertencias el juego se desarrollaba muy cerca de la zona prohibida, es decir, en la frontera entre lo mojado y lo seco.
Enfilé mi auto hacia la santamaría. En esa zona el agua aún tenía una altura de unos 50 centímetros. No podía seguir con el carro. Lo dejé aparcado y caminé. El agua era plateada y revoltosa. Caminé por encima del agua sin mojarme. Me encontré con Eva y la saludé porque sabía quién era, aunque no sabría decir por qué estaba ahí.
No hubo tiempo para recuerdos, los jugadores se aproximaban velozmente persiguiendo a una pelota todavía más veloz que frente a mí rebotó en el agua y fue a parar al lado seco… Uno de los jugadores tomó la iniciativa y atravesó la santamaría a través de una puerta de madera que se encontraba a uno de los lados . Lo seguí. La pelota seguía rebotando, por suerte lejos del camino de las bicis. Se introdujo en un edificio al que le sobraban los pasillos, tanto que parecía un laberinto.
El futbolista parecía tener control sobre el balón. Era joven, su pelo era de un negro brillante. Era fornido y sus piernas eran especialmente gruesas y musculosas. Resaltaban porque lucía un short blanco muy ajustado, estilo años 80.
Conducía el balón pateándolo de vez en cuando para que rebotara en las paredes. Noté que el juego tenía un narrador. Casi no entendía lo que narraba, pero no importaba porque el presentimiento de que algo malo pasaría me cortó todo interés por descifrar sus palabras.
El chico prosiguió con el balón por un pasillo largo al que no se le veía fin.
La pelota rebotó con tal fuerza en una pared que salió disparada con violencia de regreso hacia el cuerpo del futbolista. El muchacho, de reflejos muy vivos, se apresuró a intentar una media chilena para evitar que la pelota lo golpeara de lleno en la cara. Lo consiguió, pero al caer su cuello dio con una plancha cortante que sobresalía de un contenedor metálico de basura. Su cabeza salió rodando y su cuerpo quedó tendido en el suelo.
No sangraba y parecía la cabeza de un maniquí, a no ser por la expresión de horror que había en su cara.
Salí del lugar y busqué mi carro desesperadamente. No estaba donde lo había dejado. Un hombre me indicó que las grúas de la organización habían ido a buscar los carros a Mónaco.
Supe que el mío no estaría allá.